Ilumina tu propuesta de valor

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Mi propuesta de valor

Durante los primeros años de vida de un proyecto empresarial, este solo puede ir a mejor. Todo el mundo está implicado, ese bebé necesita de todas nuestras habilidades y competencias para salir adelante y prender, crecer en forma de nuevas líneas de negocio y oportunidades de desarrollo profesional.

Es en ese punto en que hemos conseguido que nuestra criatura se ponga en pie (aunque apenas camine todavía), cuando nuestra perspectiva cambia y empezamos a mirar desde otra altura, con otros ojos. Donde corremos el riesgo de pasar de un extremo a otro, pasando de estar absolutamente pendientes de lo que hace o de lo que podríamos hacer con nuestro proyecto a centrarnos en lo que NO hace, NO ha hecho o NO hará, con respecto a lo que SÍ están haciendo otros.

Casi todas las herramientas que encontramos para mejorar nuestro desarrollo profesional o construir opciones de empleo están centradas en el inicio: conseguir una entrevista de trabajo, poner en marcha un proyecto… Pero, ¿y qué pasa cuándo lo logramos? ¿Cómo afrontar la gestión del día a día en un proyecto empresarial propio?

Sucede, como ocurre a veces con las relaciones de pareja, donde llegado un punto y agotada la química del inicio, solo pueden pasar dos cosas: o la relación se fortalece y se consolida, o lo que antes eran virtudes empiezan a convertirse en defectos con más peso del soportable para mantenerse a flote.

De pronto, los proyectos ajenos parecen mejor encauzados que el nuestro, más creativos, más apropiados, tienen más luz; nos deshacemos de la ilusión y la sustituimos por inseguridad, dejamos de sentirnos orgullosos de nuestro mensaje y cambiamos pasión por inercia…

Desde luego, compararnos y latigarnos con lo que nosotros percibimos como éxito ajeno no va a cambiar nuestra situación. Dejarnos arrastrar por la inercia hasta convertirnos en zombies profesionales, tampoco.

Entonces, ¿cómo podemos afrontarlo? Quizá convenga hacer un stop y analizar con una sencilla, pero poderosa herramienta, si te compensa seguir desgastando a tu criatura o decides alimentarla como se merece.

Este autodiagnóstico es fácil de realizar, tan solo hay que contestarse a las siguientes preguntas:

¿Qué tengo y quiero mantener?
¿Qué tiene mi proyecto que quiero seguir conservando? ¿Qué me gusta de mi proyecto?

¿Qué tengo y NO quiero mantener?
¿Qué tiene mi proyecto que no necesita? ¿Qué le está robando recursos y bloquea su desarrollo?

¿Qué NO tengo y SÍ necesito?
¿Qué NO tiene mi proyecto y le vendría genial para seguir avanzando? ¿Qué perfiles profesionales, recursos, acciones… necesita mi empresa para crecer?

¿Qué NO tengo y NO necesito?
¿Qué NO tiene mi proyecto y NO quiero que tenga, por nada del mundo? Aspectos, acciones, formas de hacer que no me gustan de otros proyectos y que nos impulsan a mantenernos alejados de esas formas de hacer.

Una vez confeccionado este DAFO tan particular y a tenor de nuestras respuestas, podremos ver con claridad si el problema es realmente nuestro proyecto o, por el contrario, la forma en que lo estamos alimentando.

La mejora progresiva es una necesidad vital para cualquier empresa o proyecto, y a menudo, la clave de la innovación reside en observar lo que otros están haciendo o dejando de hacer, pero una cosa es hacer benchmarking y otra muy distinta apagar la luz de nuestra propuesta de valor, mientras ponemos el foco en las supuestas bondades de la competencia.

¿Qué tiene tu proyecto que no tienen los otros? Alumbra ahí.



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