¿Qué esperas de una formación?

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Aprendo, luego existo.

Aprendo, luego existo.

En general, somos conscientes de que la formación es una herramienta clave para nuestro perfil profesional (y si no lo somos, deberíamos empezar a verlo como tal). En un entorno cambiante y globalizado, mantenernos al día y explorar territorios que complementan o mejoran lo que ya traemos (formación + experiencia) es fundamental para mantener o ampliar nuestras opciones de desarrollo profesional.

Pero, ¡ojo! Eso no quiere decir que hacer un curso sea el remedio para todos los males. Es cierto que para acceder a determinadas actividades profesionales es necesario realizar un curso llave que nos certifique o avale para el desempeño laboral en esa área, pero la formación, entendida como herramienta para mejorar nuestras habilidades y competencias, no es algo mágico.

A la hora de evaluar la calidad de un curso, intervienen varios factores a tener en cuenta:

  • El conocimiento y capacidad didáctica del formador o los formadores.
  • El contenido, la calidad de los materiales y dinámicas de trabajo.
  • La modalidad (no es lo mismo realizar un curso presencial que online).
  • La complejidad de la materia.
  • El espacio donde se desarrolla la formación.
  • La homogeneidad/heterogeneidad en el perfil de quienes reciben la formación.
  • La duración.

Todos estos elementos, y alguno más, son determinantes para el aprovechamiento de cualquier acción formativa, pero lo que está claro es que asistir a un curso (ya sea de 20, 50 o 200 horas) no nos convierte automáticamente en expertos sobre esa materia.

Para sacar provecho real y efectivo de una formación, debemos tener en cuenta varios aspectos:

  • La formación no es un proceso unidireccional, donde el docente vuelca determinados contenidos y los alumnos los reciben pasivamente.
  • El aprendizaje es mutuo. Formador y alumno deben asumir el compromiso e implicación necesarios para lograr el objetivo principal de cualquier acción formativa: aprender a partir del conocimiento compartido.
  • Actitud, objetivos y expectativas. Tanto el formador como los alumnos deben tener claro que esperan conseguir de esa acción formativa. De ese modo se puede evaluar con criterio si efectivamente el curso ha resultado eficaz.
  • La formación proporciona herramientas, no recetas. El alumno debe desarrollar esas herramientas, en función de sus necesidades. No sirve la misma fórmula para todos, porque no todos están en la misma situación.
  • El conocimiento no es estático. Si han pasado diez años desde que hiciste aquel curso de Informática y luego no has vuelto a incidir en ello, lo siento, pero la mayor parte de lo que hayas aprendido en él, hace tiempo que está desfasado. No lo cuentes entre tus fortalezas profesionales o moléstate en actualizar tu conocimiento al respecto.
  • Un curso no es un doctorado.  Para alcanzar la excelencia en el conocimiento sobre una determinada materia son necesarias 10.000 horas de trabajo. ¿De verdad crees que por asistir a un seminario sobre Física Cuántica vas a salir de allí convertido en Sheldon Cooper?
  • Disfruta, esto no es un castigo. Tanto si asistes voluntariamente, como si te toca ir a un curso que no has elegido, aprovéchalo. A fin de cuentas nadie te va a devolver ese tiempo, así que no lo tires a la basura, quejándote, bostezando y obstaculizan el aprovechamiento de tus compañeros. Aunque solo sea por respeto al formador, que se ha molestado en preparar contenidos y herramientas, intenta sacar beneficio. Aprender es cuestión de actitud.

¿Cómo lo ves? ¿Estás de acuerdo? ¿No lo estás? ¿Qué esperas tú de una formación?



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